Todavía recuerdo
impresionado mi visita a un pueblo querido de nuestra diócesis, El Bronco. Al
entrar en su iglesia parroquial me encuentro con una paloma que representa el ansia
de Paz del corazón humano ante tanta guerra y terrorismo.
La paloma está
realizada con el nombre de todas las víctimas del 11 de marzo en Atocha.
Los nombres nos
recuerdan también a Eva y Eduardo.
¿Quién era Eva? Una
chica extraordinaria, su madre era natural de El Bronco.
Visitaba, siempre que podía su querido pueblo en el que sus gentes sencillas
ofrecen una sincera y abierta hospitalidad a cuantos llegan hasta allá. Eva
solía pasar las vacaciones en El Bronco, donde recibía el cariño de su familia
y de sus vecinos. Sus cenizas fueron esparcidas en la Ribera de El Bronco. Cada
11 de marzo, en este pueblecito, se celebra la Eucaristía y se pide
por su eterno
descanso y el de todas las víctimas del terrorismo.
¡Dios mío, cuánto
dolor! Se sembró un sauce el domingo de Resurrección, y junto al sauce se
recuerda a Eva y con ella se reza
por todas las familias que, desde entonces, con sus vidas destrozadas no pueden
olvidar ni un instante la barbarie de tan brutal acto de terrorismo que segó la
vida de Eva y otros más.
Cada vez que visito
la parroquia de El Bronco y contemplo
este cuadro me
impacta, cada día más. Y pienso, durante un momento: ¡¡¡Si a mí me impacta tanto!!!
¿Qué no sentirán sus seres queridos? ¡Dios mío cuánto dolor!
El otro nombre es
Eduardo. Pero, ¿quién es Eduardo? Era natural de Aceituna
(Cáceres), un pueblo precioso de nuestra diócesis. A Eduardo también le arrancaron
la vida de una manera tan brutal que todavía conmueve nuestros corazones ¿Qué sentimientos
no albergarán los corazones de sus familiares y de sus amigos?
Eduardo es también
recordado todos los 11 de marzo en la Eucaristía de
El Bronco. La lacra del terrorismo, que ha destrozado tantas vidas, solo tiene una
opción: su desaparición. Es tan grande el daño y el mal tan inmenso ocasionado
en toda la humanidad y en la sociedad, que nos inclina, con toda nuestra energía
posible, a condenarlo.
No digamos cuando
algunos para reivindicar tan execrable
acto y justificarlo,
esgrimen el nombre de Dios. La mayor blasfemia que se puede decir hoy y siempre
¿Cómo hacer a Dios partícipe de la muerte de alguien, Él que es el Dios de la
vida? ¿Cómo se puede matar en el nombre de Dios? ¿Quiénes somos nosotros para
decidir quién tiene o no tiene que vivir? ¿Tiene futuro una ideología que no le
importe matar con tal de triunfar? ¿Puede ser creíble una ideología que no
respeta el mandato que está escrito en el corazón humano, de no matarás?
Eva Belén y Eduardo,
desde aquel día, están impresos en mi corazón y en el de sus familias y amigos
y no podrán ser olvidados nunca, junto con todas las víctimas del terrorismo.
La mayor expresión
del amor es el perdón. Pero, perdonar
también exige el
cumplimiento de la justicia.
Desde mi afecto de
creyente rezo por todas las víctimas
del terrorismo y
propongo a toda mi diócesis que rece por la intención de que desaparezca de la
humanidad el terrorismo que es la mayor ofensa al Corazón de Dios y a las
personas, sobre todo, en aquellos hechos que por desgracia, nos recuerdan tantos
actos de terrorismo que han destrozado a la humanidad y a tantas familias. Que
no solamente el 11 de
septiembre, el 7 de enero (Atentado de París) y el 11 de marzo sino, que
también recordemos siempre que la paz debe ser la meta a la que debe aspirar
todo ser humano y que debe contraponerse contra todo tipo de terrorismo que,
por otra parte, jamás puede tener justificación.
Elevemos nuestras oraciones para que estalle la paz total en nuestra tierra
para que nadie intente imponer sus ideas a través de la muerte de quien o quienes
no piensen como ellos. La paz significa entendimiento entre los pueblos y, por
lo tanto, entre sus gentes. Las ideas como la religión,
jamás deben imponerse sino proponerse y que juegue su papel
ese don tan preciado que es la libertad de todos y cada uno
de nosotros.
Respetemos que otro u
otros puedan pensar o creer en algo distinto a lo
que nosotros pensemos o creamos, aunque creamos que nuestro pensamiento o
nuestra religión sea la verdadera. Para ello, solamente tendremos que utilizar
un arma que no es otra que la palabra razonada. Cuando esto llegue, habremos
conseguido que un amanecer lleno de esperanza invada nuestros corazones y, al mismo
tiempo, estaremos en la senda adecuada para ofrecer un mundo mejor para todos.
Eva Belén y Eduardo,
os llevamos en el corazón. ¡Dios mío, cuánto dolor! Solo la esperanza cristiana
nos alienta a la reconciliación y, por tanto, al perdón.
+Francisco
Cerro Chaves
Obispo
de Coria-Cáceres