Enero
de 2007.
He
venido a Tierra Santa a dar gracias al Señor de la vida por 25 años de
sacerdocio. Somos un grupo que estamos viviendo una experiencia intensa de la ternura
del Amor de Dios.
El
Lago Tiberiades está envuelto en una niebla intensa que aparece y desaparece.
De vez en cuando en el cielo se refleja el resplandor de estrellas lejanísimas.
Nos
adentramos en el barco hacia el Lago Tiberiades. Mar adentro. En un momento se
paran los motores. En medio de la noche comienza la Hora Santa. Leemos un texto
del evangelio que, como siempre, nos invita a meditar.
Acurrucado
en medio de la noche fría, me encuentro como nunca en la paz profunda del
corazón que siempre provoca un encuentro profundo con el Dios de la Vida.
Vuelvo
a sentir una memoria agradecida: ¡no me puedo quejar cuando he recibido tanto…!
La
noche invernal de enero es un espectáculo increíble en el Mar de Galilea.